El karma no existe
Creer en el karma puede ser consolador, pero también nos hace esperar una justicia que la vida no garantiza. Prefiero pensar en algo más terrenal: la reputación, las relaciones y el goodwill que acumulamos cuando tratamos bien a la gente.
Hoy he hablado de karma dos veces sin buscarlo.
La primera fue con un amigo que me contaba que su madre, una mujer mayor, no entiende por qué la vida no le ha ido como ella esperaba. Lo que más le pesa, más que la salud o el dinero, es que no lo entiende. Ella fue buena persona toda su vida. Educó bien a sus hijos, cuidó de su marido, nunca le hizo daño a nadie. Sin embargo siente que la vida le debe algo que nunca llegó.
La segunda fue con otro amigo, emprendedor. Él acababa de colgar una llamada con alguien que los dos conocemos bien, un fundador que en su día sacó dinero de su propia empresa de maneras bastante cuestionables y dejó tirada a bastante gente e inversores. Lo curioso es que en su negocio actual tiene detrás a fondos de Silicon Valley de los que salen en las listas. Mi amigo y yo comentamos la situación sorprendidos y confirmando lo que da título a este post: que el karma no existe.
Y de hecho pienso que creer en él nos hace daño.
El karma del hinduismo y del budismo tiene poco que ver con lo que el común de los mortales llama karma. Para esas religiones, el karma es una idea sobre cómo las acciones tienen consecuencias a lo largo de muchas vidas, con miles de años de tradición detrás que no voy a discutir aquí. Pero lo que ha llegado al imaginario colectivo es una versión barata del concepto. Como que alguien divino, espiritual o estelar apunta en una libreta lo que haces y en algún momento, en esta vida y a poder ser pronto, te lo cobra o te lo paga.
Gran parte de la culpa la tiene Hollywood, que nos entrenó mal. En casi todas las películas que hemos visto, el malo cae en el último acto y el bueno, después de sufrir lo suyo, acaba recompensado. Llevamos consumiendo esa historia desde niños, miles de horas. Es normal que la demos por cierta.
Pero mira a tu alrededor. Yo llevo bastantes años en startups y he visto de todo. Fundadores que hicieron cosas feas y salieron ricos. Gente impecable que cerró la empresa y se quedó con las deudas. Si el karma existiera, invertir sería facilísimo. Bastaría con poner el dinero en las buenas personas. Y esto aplica a cualquier sector de la vida. Alguien fue infiel a su mujer, abandonó a sus cuatro hijos y después tuvo una vida estupenda. El caso que quieras.
El problema es que los resultados de lo que haces, ya sea bueno o malo, no se reparten solo por mérito. Tu conducta importa, claro que importa, pero comparte mesa con el talento, el momento, la gente que conociste, el lugar donde naciste y una cantidad incómodamente grande de azar.
Hay una explicación para que sigamos creyéndolo a pesar de la evidencia, y tiene nombre. En los años sesenta, los psicólogos Melvin Lerner y Carolyn Simmons estudiaron qué ocurría cuando una persona veía sufrir injustamente a otra y no podía hacer nada para evitarlo. Encontraron algo que es bastante incómodo, y es que cuando el sufrimiento continuaba y los que veían la situación no podían hacer nada, tendían a valorar peor a la víctima. Increíble. Es como si de alguna manera nuestro cerebro nos defendiera del azar de la vida con un "algo habrá hecho".
Lerner llamó a esto la hipótesis del mundo justo. Nos cuesta aceptar que a gente buena puedan pasarle cosas malas sin motivo y que gente bastante peor pueda tener una vida estupenda. Así que muchas veces hacemos el camino contrario: si a alguien le va mal, buscamos qué habrá hecho para merecerlo. Es una forma de proteger la idea de que el mundo tiene algún tipo de orden, aunque la realidad se empeñe en demostrar lo contrario.
A esta necesidad de creer en un mundo justo se le suma el sesgo de confirmación. Por ejemplo, cuando alguien que se portó fatal termina arruinado, divorciado o solo, nos acordamos y decimos: "ves, el karma". Pero cuando a otra persona igual de miserable le va estupendamente durante treinta años, ese caso no lo guardamos en la misma carpeta mental. Coleccionamos en nuestro cerebro las coincidencias que confirman lo que ya creíamos y prestamos mucha menos atención a todas las que lo contradicen. Por eso esa libreta cósmica parece funcionar bastante mejor de lo que funciona.
Y mientras escribía esto me ha salido en una playlist la canción de El Castigo, de Los Master Plus y Sabino, y justo cantan: “Pero yo creo que el karma te va a cobrar. De esta vida nadie se va sin pagar”. Qué oportuno. Pero no. No funciona así. 🫠
Y hay algo más del karma que no me gusta, y es que sirve de excusa. Si el universo ya va a pasar la factura, tú puedes quedarte quieto y no hacer nada en tu día a día. Ni enfrentarte a quien te hizo algo, ni cambiar lo que estás haciendo, ni preguntarte por qué no te sale. Basta con esperar a ver qué pasa. A veces la excusa se llama de otra forma. Se llama "yo soy buena persona, así que me merezco algo mejor".
La gente confunde ser buena persona con tener derecho a un resultado. Pero que la vida no reparta premios por mérito no significa que dé igual cómo te comportes. Yo sí creo en el goodwill, por falta de una palabra mejor en español, y es algo mucho más terrenal que el karma.
En mi cabeza, el goodwill es todo lo que vas acumulando cuando durante años te portas bien con la gente, eres generoso, ayudas cuando puedes y procuras no dejar cadáveres por el camino. Eso aumenta las probabilidades de que te pasen cosas buenas, pero no por magia ni por ningún poder cósmico. Por ejemplo, en el sector en el que trabajas, tu reputación llega a cada reunión antes que tú. La gente con la que te has portado bien te abre puertas años después, sin que lo pidas y muchas veces sin que llegues a enterarte. La gente a la que dejaste tirada también habla. Esa es la única contabilidad que vas a encontrar, y la llevan personas, con su memoria imperfecta y sus rencores largos.
Con mi equipo comercial hablo mucho de esto. Les pido que se porten bien con los clientes siempre, también con los que no van a comprar, también con los que ya nos dijeron que no. Que les ayuden aunque en esa llamada no haya nada que ganar. Algunos volverán, otros nos recomendarán, y una parte no hará ninguna de las dos cosas. Y aun así está bien hacerlo.
Aquí conviene ser muy claro, porque es fácil volver al principio con otro nombre. El goodwill es probabilidad, no garantía. Portarte bien mejora tus posibilidades, y ahí se acaba la promesa. Si esperas que te devuelvan cada favor, has vuelto a creer en la libreta.
Hace muchos años leí El dilema del prisionero, de William Poundstone, un libro de divulgación sobre teoría de juegos que me encantó (y recomiendo si te gusta el tema) y que hablaba mucho de una pregunta que vuelve a aparecer aquí: por qué cooperamos si a corto plazo muchas veces parece más rentable no hacerlo. Me he acordado del libro escribiendo esto porque dentro de ese mismo mundo de la teoría de juegos hay una idea que encaja especialmente bien con todo esto: la reciprocidad indirecta.
La idea es bastante sencilla. Tú ayudas a una persona, pero no necesariamente será esa persona quien te devuelva el favor. Puede hacerlo otra dentro de unos años porque sabe cómo te comportaste, porque alguien le habló bien de ti o simplemente porque tu reputación te precede.
Hay otro ejemplo que se me quedó grabado de Elad Gil, autor de The High Growth Handbook y uno de los inversores más conocidos de Silicon Valley. Una parte de su ventaja como inversor viene de haberse ganado fama de ser alguien con quien merece la pena hacer negocios, en lugar de intentar exprimir hasta el último dólar de cada operación. Cuando esa reputación se acumula durante años, los mejores emprendedores quieren volver a trabajar contigo y otros quieren presentártelos. Es goodwill convertido en deal flow (me ha dado un poco de vergüenza ajena escribir esto así, pero describe exactamente lo que quiero decir 😅).
Al final hay una pregunta que a mí me sirve más que pensar si algo me lo merezco o no: “¿quién me va a devolver la llamada dentro de cinco años?”. No porque cada buena acción tenga que volver convertida en un favor, sino porque lo que haces hoy va dejando una reputación, relaciones y gente que se acuerda de cómo la trataste.
Y puede que, aun así, nada de eso vuelva. Esa es precisamente la diferencia con el karma.
Ser buena persona es un fin en sí mismo, no un boleto de lotería con premio garantizado.