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El precio de un "no"

¿Por qué unas personas se lanzan a hacer cosas y otras nunca dan el primer paso? Una conversación con un amigo me llevó a una teoría sobre el miedo al rechazo, la confianza y todas las vidas que nunca llegan a existir.

El precio de un "no"

De nuevo mi amigo y socio Pablo Sosa me planteó una pregunta que me puso a pensar: ¿por qué hay gente que hace cosas y otras que no? Lo comentaba en el contexto de Pulpo, hay personas que se atreven con todo, otras que tienen miedo, y también me puso a mí de ejemplo: "quisiste montar una empresa y lo hiciste".

Mi padre siempre ha dicho que hay dos tipos de personas. Las que tienen planes y las que hacen cosas. De alguna forma todo el mundo quiere hacer siempre cosas o tiene mil ideas, pero no todos las llevan a cabo. Y la diferencia es quiénes sí la hacen, y esa frase que me dijo alguna vez me marcó siempre para empujarme a hacer cosas.

Yo tengo una teoría, que no tengo ni idea de si es verdad o no, pero no encuentro mejor explicación. Pero me gusta mi teoría porque hace que cualquier persona pueda hacerlo. La divido en tres capas.

La primera es que hay una parte genética, que seguramente sea la menos determinante de las tres, al menos en mi opinión. Igual que hay gente que nace con más facilidad para correr rápido o ganar músculo, también nacemos con cerebros distintos.

Eso se llama "neuroticismo". Es la tendencia a darle muchas vueltas a las cosas, anticipar problemas o llevar peor la incertidumbre y el rechazo. Todos tenemos un poco, en mayor o menor medida. No es algo malo, de hecho puede hacerte más prudente o ayudarte a anticipar riesgos. El problema aparece cuando la preocupación acaba paralizándote.

Otras personas tienen menos aversión al riesgo o disfrutan mucho más de la novedad. Cada cerebro funciona de una manera distinta. Hay quien detecta amenazas donde otro ve oportunidades. No determina tu vida, pero sí desde dónde empiezas.

La segunda capa es la educación que recibes en casa. Yo tuve mucha suerte. Podías equivocarte y nadie te juzgaba por ello. Lo mal visto era no intentarlo. Y para crecer hay que equivocarse muchas veces. El resto ya lo aprendí a base de golpes.

La tercera es para mí la más importante. La que yo considero que supone el 90% de lo que supone triunfar o no en la vida. Y es el miedo al rechazo.

Creo que las inseguridades pesan más que el talento en muchas de las decisiones que acaban marcando una vida. Estoy seguro de que hay millones de empresas que nunca se fundaron, libros que nunca se escribieron o relaciones que nunca empezaron, no por falta de talento, sino por miedo al primer "no".

Y sí, obvio hay personas con ventajas en la vida. El otro día vi un meme de Henry Cavill que me hizo mucha gracia. Ponían su foto y al lado una cita que decía: "Ligar es muy fácil, solo tienes que ir y hablar con la chica que te gusta". Claro. Qué fácil. En ese terreno Henry Cavill juega en modo fácil. Un rico juega en modo fácil. Alguien que mide dos metros juega en modo fácil al baloncesto. Pero eso solo explica los extremos. La mayoría nos diferenciamos por otras cosas.

¿Por qué entonces dos personas normales hacen cosas completamente distintas con oportunidades parecidas?

Las dos pueden recibir exactamente el mismo "no". Para una de ellas solo será un pequeño contratiempo, y para la otra confirmará todas sus inseguridades. Eso ya determina el siguiente paso. Uno volverá a intentarlo o buscará cómo darle la vuelta, y la otra se retirará del juego para siempre. Y seguramente ni vuelva a intentarlo.

La gran noticia para todos es que el miedo al rechazo se entrena.

Hace años leí el libro "To sell is human" de Daniel Pink. Me gustó mucho porque me hizo entender que TODO, absolutamente todo en la vida es una venta. Desde pedir permiso a tu madre para salir a jugar con los amigos, a ligar con una persona que te gusta, lo que quieras. Todo es vender siempre.

Y en ese libro contaron la historia de Jia Jiang, un chino que se obligó a recibir 100 rechazos para curtirse rápido en la vida y los fue documentando en su canal de YouTube. Hay muchos buenísimos. Lo interesante es que descubrió que recibía muchos menos rechazos de los que esperaba. Muchas veces bastaba con preguntar para conseguir lo que quería.

También mientras escribía esto recordé la entrevista que le hizo Oso Trava a Javier Mata en Cracks Podcast. Javier, alguien a quien admiro y de quien he aprendido mucho, hizo ese experimento también. Se expuso a recibir un rechazo semanal durante un año, y eso le llevó a vivir unas historias increíbles, que no voy a contar para que escuchéis ese capítulo del podcast.

En mi caso particular también recibí mucho rechazo. Sin ir más lejos, por mi tartamudez. A veces hablar en clase, en el colegio, era un infierno y decía que no había hecho la tarea solo por no hablar (pero sí la había hecho). Recuerdo las primeras veces que tuve que hablar en público. Lo pasaba fatal. Hasta que un día descubrí que, cuando terminaba, no había pasado absolutamente nada.

Hoy hablo como si nada delante de cientos o miles de personas, y además me encanta hacerlo. Nunca me pongo nervioso. Cero. No porque desapareciera el miedo. Sigue estando ahí. Lo que ocurrió es que dejó de decidir por mí.

Yo lo viví al revés de como siempre pensamos que pasan las cosas. Siempre pensamos que primero tiene que llegar la confianza para que puedas hacer las cosas, pero yo creo que ocurre exactamente al revés.

Al principio no tienes confianza. Tienes curiosidad. O ganas. O simplemente haces algo porque sí. Te caes. Pero sobrevives. Tu cerebro aprende que no ha pasado nada. Y entonces empieza a aparecer la confianza. Nunca antes.

¿Cómo vas a emprender o ascender en una empresa si tienes miedo al rechazo? ¿Cómo vas a hablarle a inversores, clientes, personas que quieres contratar? ¿Con ese miedo cómo vas a escribir, ligar, hablar en público, probar ese deporte que te apetece,...?

De mí se han reído muchas veces, igual que de muchas ideas mías. También han desconfiado de mi capacidad. Y he recibido cientos de "no": de clientes, de personas que quería contratar o de inversores. Pero nunca interpreté que ninguno de esos "no" fuera una definición de quién soy yo.

Estaba pensando sobre esto y pensaba que tal vez hay personas a las que el fracaso les da igual. Y yo creía que era de esos. Pero me he dado cuenta que no. A mí no me da igual el fracaso. A mí me afecta cuando algo sale mal, no me gusta nada perder, me duele equivocarme, me incomoda hacer el ridículo, justo como le pasa a todo el mundo.

La diferencia es que, con los años, dejé de permitir que eso decidiera cuál sería mi siguiente paso.

El objetivo nunca fue conseguir que el fracaso dejase de doler. El objetivo era conseguir que el miedo dejase de decidir por mí.

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