La ciencia intenta equivocarse y las empresas intentan tener razón
El origen de la vida, cómo se demostró que el Big Bang sí sucedió, y por qué las empresas hacemos justo lo contrario.
Llevaba tiempo con la inquietud de entender cómo surge la vida desde el punto de vista orgánico. Y no, no para hacer un Frankenstein, aún no tengo eso en mi lista de pendientes. Simplemente me parece fascinante entender cómo funciona. Así que empecé a leer Origin of Life, de David W. Deamer, uno de los libros de referencia sobre el tema, que además explica todo muy bien.
Para hablar del origen de la vida, el libro empieza inevitablemente mucho antes, con el origen del universo. Yo siempre había pensado que el Big Bang había sido una explosión y nunca había entendido bien cómo sabemos que realmente ocurrió. Eso me llevó a investigar por ese lado y acabó interesándome casi más entender cómo funciona la ciencia que el propio Big Bang. ¿Cómo se demuestra algo que ocurrió hace casi 14.000 millones de años y nadie estuvo allí para verlo?
A comienzos del siglo XX, algunos físicos empezaron a plantear que el universo podía estar expandiéndose constantemente. Georges Lemaître, un sacerdote y astrónomo belga, fue de los primeros en proponer un origen y mantuvo que todo había comenzado en un estado muy denso y caliente.
Poco después, Edwin Hubble encontró una de las primeras grandes pistas. Mientras estudiaba otras galaxias, observó que casi todas se alejaban de nosotros y que, cuanto más lejos estaban, más deprisa lo hacían. Aquello solo podía encajar con que el universo se estaba expandiendo.
Yo siempre había imaginado a los astrónomos con el ojo pegado al ocular del telescopio, mirando el cielo como quien usa unos prismáticos muy potentes. Pero realmente una parte importante de su trabajo consiste en estudiar la luz que llega hasta aquí. Y cuando descomponen esa luz, pueden reconocer los elementos químicos que hay en una estrella o una galaxia y observar pequeños cambios que indican si ese objeto se está acercando o alejando.
La imagen que mejor me ayudó a entender lo que estaba ocurriendo fue la de un bizcocho con pepitas de chocolate dentro del horno. A medida que la masa crece, las pepitas se separan unas de otras, aunque ninguna se esté desplazando por su cuenta dentro del bizcocho. Desde cualquiera de ellas parecería que todas las demás se alejan. Con el universo ocurre algo parecido: el espacio se expande y aumenta la distancia entre las galaxias.
Por eso el nombre Big Bang resulta un poco engañoso. Todos creemos que fue como una bomba que explotó en algún lugar, cuando lo que empezó a expandirse fue el propio espacio.
A finales de los años cuarenta varios científicos, George Gamow, Ralph Alpher y Robert Herman se preguntaron qué señales tendría que conservar el universo si realmente había comenzado de esa manera. Es decir, para que se cumpliese la teoría del Big Bang, tuvieron que establecer antes qué señales quedarían todavía que pudieran servir como prueba de que sucedió.
Se establecieron tres condiciones principales para que esa hipótesis del Big Bang fuese cierta. La primera fue la expansión constante del espacio, que ya había demostrado Hubble. La segunda fue que tenía que haber determinadas proporciones de hidrógeno y helio en el espacio. Y la tercera fue que, como efecto de esa expansión inicial del espacio, tendría que seguir existiendo algún resto del enorme calor inicial, como una radiación muy débil repartida por todas partes.
El ejemplo sería como cuando escuchamos un trueno. Con tan solo escuchar el trueno ya sabemos que hubo un rayo antes, no necesitamos verlo. Esto era igual pero aplicado al Big Bang. Si existía ese "trueno" (las tres pruebas), sí hubiese sucedido ese "rayo" (el Big Bang).
Muchos años después de esa predicción, en 1965, Arno Penzias y Robert Wilson estaban intentando eliminar un ruido persistente de una antena de Bell Labs. Sin más. Se pusieron a revisar el aparato, descartaron interferencias e incluso limpiaron la suciedad que habían dejado unas palomas. Pero el ruido seguía llegando desde todas las direcciones. Y así, sin buscarlo, habían encontrado aquella radiación que los otros científicos habían predicho años antes.
Y las demás observaciones también fueron encajando. El modelo explicaba la expansión del universo, coincidía con las proporciones de los elementos químicos y había anticipado la existencia de una radiación que todavía nadie había detectado.
Y de toda la historia, eso fue lo que más me interesó. Aquellos científicos habían decidido de antemano qué tendría que ocurrir para que su idea fuese correcta. Y entonces empecé a pensar en cuántas veces hacemos justo lo contrario en una empresa.
Los científicos también se enamoran de sus ideas, cambian las explicaciones cuando los resultados no acompañan y prefieren publicar los experimentos que salen bien. La ciencia funciona a pesar de todo eso porque, durante siglos, ha ido construyendo mecanismos externos para limitarlo. Una hipótesis tiene que poder fallar, otros investigadores pueden revisar el trabajo e intentar replicarlo y, cada vez más, se dejan registrados de antemano el método, las métricas y los resultados esperados. La objetividad se intenta imponer mediante procesos.
En una empresa, y esto también nos pasa en Pulpo, solemos hacer el recorrido contrario. Construimos una idea, miramos los datos y después empezamos a decidir qué significan. Esperamos un trimestre más, cambiamos los KPI, buscamos otra explicación y seguimos adelante. Los emprendedores somos expertos en engañarnos. En lugar de preguntarnos "¿qué experimento podría demostrar que estamos equivocados?", solemos preguntarnos "¿qué datos puedo enseñar para demostrar que tenía razón?".
Creo que a los emprendedores nos cuesta separar nuestras ideas de nuestra necesidad de tener razón. Cuando nuestra identidad depende de acertar, cualquier dato que contradiga la hipótesis empieza a parecernos una amenaza. Suena fuerte, pero creo que pasa constantemente.
Cuando lanzamos la segunda versión de PulpoPay, después de un año de aprendizajes, estábamos concentrados en sacar el producto y nadie había definido con claridad qué tendría que ocurrir para saber que el nuevo enfoque funcionaba. Pepe Akle, nuestro CTO, sí lo hizo: "Si esto no crece por lo menos un 5 % semanal, nos hemos confundido de enfoque".
Finalmente se cumplió. Es un ejemplo imperfecto para este artículo, porque la hipótesis salió bien y lo verdaderamente difícil habría sido abandonarla si no lo hubiera hecho. Lo valioso, aun así, fue haber decidido antes de mirar los datos qué resultado nos obligaría a reconsiderar el enfoque.
Y, siendo honesto, no tengo tan claro que en Pulpo hayamos hecho siempre la segunda parte. Hemos probado cientos de cosas, pero seguramente hemos mantenido algunas demasiado tiempo, hemos cambiado la explicación cuando los números no acompañaban y hemos olvidado experimentos que ya nos habían enseñado algo. Precisamente por eso llevo días pensando en cómo convertir esto en un proceso, en vez de confiar en que la próxima vez seamos más objetivos.
Todo esto me ha hecho pensar que ninguna iniciativa importante en una empresa debería empezar sin responder, por lo menos, estas tres preguntas:
1.- ¿Qué creemos que va a ocurrir, exactamente y en qué plazo?
2.- ¿Qué resultado nos obligaría a cambiar de idea?
3.- ¿Cuál es la forma más pequeña y barata de averiguarlo?
Y como regla inamovible que la métrica y el plazo se tienen que fijar antes de empezar y no se pueden cambiar a mitad del experimento. Y al terminar, el resultado se guarda aunque haya salido mal.
En ciencia, un resultado que derriba una hipótesis también puede ser útil, entre otras cosas porque evita que otros repitan el mismo camino. En las empresas, en cambio, los experimentos fallidos suelen desaparecer. Dos años después llega otra persona, propone prácticamente la misma idea y volvemos a gastar el dinero y el tiempo necesarios para aprender exactamente lo mismo.
Quizá las empresas deberían tener un registro de hipótesis muertas: una memoria de lo que creíamos, cómo lo pusimos a prueba, qué ocurrió y qué aprendimos. Registrar simplemente que un proyecto fracasó serviría de poco, porque puede haber salido mal por la ejecución, el momento, el equipo o cualquier otro motivo. Lo útil sería conservar qué hipótesis estábamos poniendo a prueba y qué aprendimos realmente sobre ella.
Todo este artículo me demuestra que una de las cosas que más me gustan de leer cosas tan variadas es que nunca sé dónde voy a terminar. Empecé intentando entender el origen de la vida y acabé pensando en cómo evitar que una empresa se engañe a sí misma. Y quizá eso sea de lo más útil que podemos copiar de la ciencia. Tenemos que aprender a diseñar procesos que obliguen a nuestras ideas a enfrentarse con la realidad antes de que el tiempo, el dinero y nuestro propio ego las hagan demasiado costosas de abandonar