← VOLVER AL ARCHIVO 19.4326° N, 99.1332° W

Mourinho y el maravilloso arte de caer mal

Este artículo no va de fútbol. Va de independencia, de tener convicciones, de equivocarse por cuenta propia y de aprender a vivir sin necesitar la aprobación de todo el mundo. Y de por qué hay cosas de José Mourinho que me gustaría tener.

Mourinho y el maravilloso arte de caer mal

Lo primero aclarar que este artículo no va de fútbol, no soy periodista deportivo. 😂 Va de independencia, de tener convicciones, de equivocarse por cuenta propia y de aprender a vivir sin necesitar la aprobación de todo el mundo. Y de por qué hay cosas de José Mourinho que me gustaría tener.

Y sí, voy a hablar de Mourinho, del Real Madrid y de alguna cosa que probablemente solo entenderán quienes llevan años siguiendo a este entrenador. Pero prometo que para entender lo que quiero contar no hace falta haber visto un partido en tu vida.

Soy madridista y mourinhista. Quiero que el Madrid gane siempre, que juegue bien y que levante todos los títulos posibles. Y esta temporada, sin ir más lejos, el equipo está jugando bastante mal, con muchas decisiones de Mourinho que no termino de entender. Pero hace tiempo que me di cuenta de que lo que admiro de él tiene relativamente poco que ver con el fútbol.

Hace muchos años leí en Twitter una frase que nunca olvidé: «El mourinhismo es no deberle nada a nadie». La escribió Juan Antonio Palomino, Juanan, conocido en Twitter en su día como Dick Turpin. Le leía habitualmente porque coincidíamos en la forma de ver el fútbol, la política, entre otras cosas. Tristemente Juanan murió con 31 años en el accidente ferroviario de Santiago de Compostela de 2013. Nunca llegué a conocerle personalmente, pero aquella frase se me quedó grabada y me alegra poder recordarle aquí.

Y yo añadiría otra definición de mourinhismo que es bastante menos elegante, pero creo que lo explica mejor: el mourinhismo es mear con tu propia polla.

Seguramente mi padre me escribirá cuando lea esto para decirme que no hacía falta escribirlo así, que Cervantes o Quevedo nunca usarían estas palabras. Pero tampoco se me ocurre una forma mejor de explicarlo.

Para mí significa hacer las cosas como uno cree que deben hacerse y aceptar las consecuencias. Puedes tener razón o estar equivocado, ganar o perder. Pero al menos las decisiones son tuyas y puedes explicar por qué las tomaste.

Todos tenemos convicciones, o creemos tenerlas. El problema aparece cuando defenderlas empieza a tener un coste: enfrentarte a alguien que tiene poder sobre ti, llevarle la contraria a una persona a la que admiras o aceptar que una decisión tuya va a decepcionar a mucha gente. En esos momentos descubrimos hasta qué punto nuestras opiniones son realmente nuestras.

Mourinho tiene una capacidad extraordinaria para soportar ese coste. En su primera etapa en el Madrid sentó a Casillas, que era el capitán y casi un santo para gran parte de la afición. Se le echaron encima los medios de comunicación y muchísimos madridistas. Se puede discutir si tenía razón (yo tengo claro que en ese caso sí la tuvo), pero lo hizo sabiendo perfectamente lo que le iba a costar, y asumió de frente lo que vino después.

Y aquí es cuando vuelvo a la definición de Juanan. Hay una libertad enorme en poder decidir sin estar condicionado por favores que tienes que devolver, relaciones que debes proteger o expectativas ajenas que te ves obligado a satisfacer. En la vida hay que intentar siempre conservar la independencia suficiente para que tus decisiones respondan a lo que consideras correcto, sin dejar por eso de agradecer lo que otros han hecho por ti ni de tratar bien a la gente.

Lo curioso es que esa independencia apenas depende del dinero o del poder. He conocido a personas con muchísimo éxito que viven pendientes de lo que otros piensan de ellas, y a otras que tienen muy poco y viven completamente libres.

En el mundo empresarial o en startups es muy común exactamente lo contrario. Reuniones en las que todo el mundo parece estar de acuerdo con una decisión y, al salir, empiezan las conversaciones privadas explicando por qué es una barbaridad y la gente intentando cambiar las cosas por detrás. Mucha gente que cambia de opinión dependiendo de quién tenga delante y es algo que me duele reconocer que me ha pasado más de una vez. Porque al final en esos ambientes es mucho más fácil asentir y seguir con tu día, sobre todo cuando la persona que tienes enfrente puede complicarte la vida.

Con el tiempo he aprendido que algunas de las conversaciones más incómodas que he tenido acabaron siendo las más útiles. Y que las decisiones que más satisfecho me dejan son aquellas en las que actué conforme a lo que pensaba, aunque no siempre fueran las que mejor salieron.

Y claro que hay un problema con todo esto. Uno puede acabar confundiendo tener convicciones con ser un terco insoportable, y Mourinho ha demostrado que esa frontera es bastante fina. Defender tus ideas no las hace buenas, y tener a mucha gente en contra (o a favor) tampoco te da más razón, como se ha visto tantas veces a lo largo de la historia.

A veces, cuando todo el mundo te dice que estás equivocado, es porque lo estás. Y siempre hay algo muy seductor en la figura de esa persona que se enfrenta al mundo entero, pero es fácil olvidar que también hay quien se enfrenta a todos simplemente porque es incapaz de escuchar. No quiero ser ese.

Mourinho ha sido injusto con algunas personas, ha alimentado peleas que acabaron perjudicándole y le cuesta muchísimo reconocer en público sus errores, aunque con la edad ya lo hace más. Y nada de eso invalida lo que admiro de él. Cada vez me interesa más poder admirar una cualidad de alguien sin sentir la necesidad de justificar todo lo demás. Si tuviéramos que estar de acuerdo con todo lo que alguien hace, piensa o dice para poder admirarlo, no podríamos admirar a nadie ni estar de acuerdo con nadie.

Queda la cualidad que da título a este artículo, su libertad para caer mal.

Mourinho tiene una tolerancia a la desaprobación muy superior a la media. Puede entrar en una sala sabiendo que la mayoría de los presentes le detestan y seguir comportándose como considera oportuno. Puede aguantar semanas de críticas y mantener una decisión que cree correcta. A mí eso me cuesta porque como a casi todo el mundo, me gusta sentirme querido y reconocido, y estoy seguro que más de una vez he suavizado una decisión para no pagar el precio de la desaprobación que venía detrás.

Aunque aquí hay una contradicción que me hace gracia. En 2023, cuando entrenaba a la Roma, le preguntaron en una entrevista si existía el mourinhismo. Contestó que también existía el antimourinhismo, que el antimourinhismo vende y que el mourinhismo es una forma de estar en la vida más que en el fútbol. Me hizo gracia cuando lo leí porque llevaba tiempo pensando exactamente eso. Pero en este caso es importante el orden, que me hace mucha gracia. Antes de definirse a sí mismo, habló de sus enemigos. Y es interesante cómo alguien tan aparentemente indiferente a la opinión de los demás dedica muchísimo tiempo a responder a sus críticos. Quizá sea su forma de competir, también sencillamente la prueba de que nadie se libra del todo de la necesidad de aprobación.

En cualquier caso, me gustaría tener algo más de esa libertad. Y aprender a distinguir las críticas que merecen que me detenga a pensar de aquellas a las que no hace falta dedicarles ni un minuto, que a veces cuesta mucho diferenciarlas.

No sé si Mourinho volverá a ganar una Champions, si conseguirá que el Madrid juegue como todos queremos o si dentro de unos meses estaremos pidiendo que lo echen. Espero que gane todo lo posible, como es lógico. Pero puedo querer que gane y reconocer que se equivoca, y quizá sea eso lo que más me interesa de escribir sobre personas a las que admiro.

Porque hay muchas otras sobre las que me gustaría detenerme a pensar y escribiré en el futuro. Como Cristiano Ronaldo, por su obsesión casi enfermiza por mejorar y competir. O Stefan Zweig, por su capacidad para comprender a las personas y explicar sus contradicciones en las biografías que escribió. Coco Chanel, por inventarse a sí misma y construir algo extraordinario alrededor de su visión del mundo. Incluso Ringo Starr, por ser un batería genial al que todavía hay gente que considera el menos talentoso de los Beatles. O alguien menos conocido, John Harrison, un carpintero autodidacta que dedicó buena parte de su vida a construir un reloj capaz de resolver el problema de la longitud en alta mar, y que por el camino se enfrentó a algunas de las instituciones científicas más importantes de su época.

En cada uno de ellos hay muchas cosas cosas que no me gusten y otras que contradicen las cualidades que pretendo destacar. Pero por eso mismo creo que merece la pena hacer el ejercicio igualmente.

Y justo esta mañana un amigo me ha preguntado riéndose que cuándo nos vemos para que le enseñe qué es el mourinhismo a sus hijos, así que lo apropiado ha sido empezar por Mourinho.

COMPARTIR X ↗ IN ↗

Recibe por email mis próximos artículos.

SUSCRIBIRME